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  • LA VIDA ESQUIVA DEL PEZ BANANA

    2 fév. 2010, 18h20m

    Oscar Guisoni

    "Lo que más valoro es cuando uno queda completamente agotado después de leer un libro y desea ser amigo del autor y poder llamarlo por teléfono en cualquier momento". Así habla Holden Caufield en El Guardián entre el centeno, anticipando lo que sucederá después con su propio autor. Sólo que llamar a J.D. Salinger por teléfono “en cualquier momento” era poco menos que una herejía imposible. Una ruptura insoportable de su intimidad, esa famosa privacy a la que se sometió con la disciplina de un monje budista durante el último medio siglo, antes de decir su última palabra, la de la muerte, el pasado 28 de enero, pocos días después de cumplir 91 años. Escribir sobre Salinger es hacerlo sobre su silencio, sobre su empedernida decisión de volverse invisible y sobre su escueta obra, una de las últimas narrativas del siglo XX capaz de crear personajes que luego se volvieron reales, formateando la realidad hasta límites casi impensables para la literatura. Detrás de ese silencio atronador y de esa obra mitológica se alcanza a divinar una figura aterradora, genial y egocéntrica, tierna y tirana a la vez, según la describieron su propia hija y una de sus amantes, las dos personas que se atrevieron a romper la barrera de silencio despertando las iras de J.D.
    Pero Jerome David Salinger no siempre fue así. Hubo un tiempo, mucho antes de publicar “El guardián…” en que se codeaba con los periodistas, paseaba su vanidad por Nueva York, daba conferencias, publicaba sus cuentos en la mítica revista The New Yorker y siguiendo el camino de muchos de sus contemporáneos, se marchaba a la guerra para luchar contra los nazis.
    Tal vez fue la guerra la que lo perturbó para siempre. La cuestión es que cuando regresó de esa experiencia traumática, luego de haber hecho el desembarco de Normandía y de haber cobrado cierta fama como excelente interrogador de prisioneros alemanes, y después de haberse casado con su primera mujer, Sylvia, una militante del partido nazi de la que se enamoró después de haberla detenido y con la que tuvo un efímero matrimonio, J.D. se puso a escribir y como no podía ser de otro modo, escribió una obra de posguerra, o mejor dicho, “la” obra de posguerra. Cuando publica El guardián entre el centeno corre el año 1.951, el viejo orden cultural del mundo quedó sepultado entre los campos bombardeados de la vieja Europa y la nube atómica que arrasó Hiroshima y Estados Unidos es una tierra donde abundan las viudas y se comienza a hablar por primera vez de las familias disfuncionales, esas que tienen al padre enloquecido por la experiencia de la guerra, o en la que el padre ha muerto o está encerrado en un manicomio. A una de esas familias perturbadas pertenece Holden Caufield y los miles de hijos de esos disfuncionales hogares están ya listos para lanzarse en maza a leer “El guardián…”

    El horror de la fama

    En el mismo año de su publicación El guardián… se transforma en un best seller, sin que su autor estuviera preparado para lo que estaba a punto de suceder. Aunque las primeras páginas del libro dejan ya adivinar el grado de insolencia que Salinger está dispuesto a demostrar y el tipo virulento de héroe que ha dado a luz, es muy difícil que su febril imaginación le haya proporcionado pistas de lo que significaba transformarse en un autor de culto en el nuevo mundo que estaba reconstruyendo entre las cenizas de la guerra.
    “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mi, y demás estupideces al estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso” Con esas palabras premonitorias comienza “El guardián…” su andadura, marcando un antecedente literario de primer nivel, la sombra de Dickens, para anunciar sin remilgos que un nuevo autor ha venido a abrir un nuevo tiempo. Se acabaron los Copperfield, llegaron los Caufield. Y Holden a diferencia de David es un auténtico maleducado, sensible y violento a la vez, un adolescente con miedo a las responsabilidades que implica la adultez y con un lenguaje lo suficientemente sórdido como para provocar un escándalo, que es lo primero que se produce en Estados Unidos cuando el libro ya se vende como pan caliente y J.D. comienza a preguntarse en su fuero íntimo si, al igual que su personaje, no será mejor encontrar una cabaña en medio del bosque donde esconderse del mundo “para no tener ya más conversaciones estúpidas con nadie”.
    A pesar de la que se está armando con su libro, Salinger continúa siendo una figura pública y durante los próximos años vuelve a publicar. En 1.953 aparece esa obra maestra que son los “Nueve cuentos”, entre los que destaca “Para Esmé, con amor y sordidez”, narrado por un soldado traumatizado por la guerra como el propio J.D., sin duda uno de los mejores relatos que dio el siglo XX norteamericano tan pródigo en narradores extraordinarios. En 1.961 aparece “Franny y Zooey”, la novela en la que comienza a armarse la trama de su arquetípica familia Glass, y que los críticos se apresuran a destrozar con saña poco antes vista, algo que hiere profundamente el ego de J.D. que comienza a meditar sobre la conveniencia de retirarse del mundo para siempre. En 1.963 aparece “Levantad, carpinteros, la viga del tejado”, una obra monumental cuya calidad sólo ha sido opacada por la fama “El guardián…” y “Seymour: una introducción”, un relato con la familia Glass también de protagonistas. Y después el silencio, que sólo se rompe imprevistamente en 1.965 con la aparición de un cuento corto “Hapworth 16, 1924” en The New Yorker.
    Pero el silencio que va a establecer Salinger es atronador y se transformará en un elemento vital para entender su obra, mientras que sacarle fotos al nuevo ermitaño o intentar conseguir una entrevista con él será el nuevo pasatiempo del periodismo norteamericano. J.D. responderá con furia ante lo que considera una violación a su intimidad y cuando su furia no alcance recurrirá a los abogados y a los artilugios más astutos, como fue el de registrar a su nombre las cartas y documentos que obraban en poder su biógrafo no autorizado, Ian Hamilton, obligándolo a quitarlas del libro.

    El escritor oscuro

    Pero, ¿de qué oculta J.D.? En primer lugar, del fanatismo americano que se ha despertado con su obra. Mientras sus críticos definen a Holden Caufield como un “adolescente demencial a quien nadie querría conocer” y tachan a su autor de patético, el club de fans no hace más que aumentar. Hasta que en la mañana del 8 de diciembre de 1.980 “El guardián…” obtiene el diploma definitivo de libro maldito luego de que Mark David Chapman le dispara ocho tiros a John Lennon en la puerta de su casa y se sienta a leer la obra de Salinger que lleva en la mochila esperando a que llegue la policía. “¿Quieren saber por qué lo maté?” dice “Lean el libro”.
    El 31 de marzo de 1.981 la historia se vuelve a repetir. Sólo que ahora el hombre que recibe las balas es nada menos que el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, quien tiene más suerte que Lennon y sobrevive al ataque de John Hinckley Jr. Ya en presión, Hinckley explica que quiso matar al mandatario para impresionar a la actriz Jodie Foster, de quien está enamorado y dice que “El guardián…” es su libro de cabecera. Para completar la leyenda, poco tiempo después, comienza a correr un rumor entre los psiquiatras que sostiene que también es el libro preferido del noventa por ciento de los locos encerrados en los manicomios del país. Mientras se alzan voces que piden la censura y algunos descerebrados queman ejemplares de “El guardián…” en las plazas, J.D. mantiene la boca cerrada – sólo la abre para decir incoherencias en 1.980 luego de la insistencia de Betty Eppes, reportera del 'The Baton Rouge Advocate', quien lo acosa durante varios meses hasta que consigue que la atienda cuando se describe a sí misma como una atractiva pelirroja de ojos verdes, aprovechándose, según la leyenda, de la debilidad del autor por las mujeres hermosas. En esa entrevista J.D. deja en claro que ya no hay más Caufield “Si quieren saber más relean el libro, está todo ahí. Holden Caulfield es apenas un instante congelado en el tiempo”.
    No volverá a abrir la boca hasta 1.986 cuando se enreda en una áspera polémica judicial con Ian Hamilton, su fallido biógrafo. El extraño diálogo que mantiene con el juez a lo largo de una de las sesiones del proceso deja traslucir al escritor oscuro que se esconde detrás del mito “Señor Salinger, ¿cuándo fue la última vez que usted escribió una obra narrativa para ser publicada?” le preguntó entonces el juez que llevaba el caso. “No puedo asegurarlo con exactitud” responde esquivo J.D. “Tal vez sea más fácil enfocarlo así: ¿querría decirme cuáles han sido sus realizaciones literarias en el ámbito de la narrativa durante los últimos veinte años?” insiste el desconcertado magistrado. “¿Podría decirle, o querría decirle...? Sólo una obra narrativa. Eso es todo... Es la única descripción que puedo hacer al respecto... Es casi imposible precisar. Trabajo con personajes y, según se desarrollan, simplemente sigo a partir de ahí.”
    Así las cosas, mientras el mito Salinger crece hasta volverse tan rumoroso como su silencio, comienzan a ocurrir cosas raras, como la aparición de un autor que supuestamente es un pseudónimo de J.D. ya que escribe como él y hasta insinúa en uno de sus cuentos que ha estado un tiempo internado en el psiquiátrico reponiéndose de su innata locura, y cuando parecía que el silencio en torno a su figura era inviolable, en los noventa salió su ex amante Joyce Maynard a contar abominaciones sobre sus hábitos, afirmando que era un hombre golpeador, que la encerraba en su casa sin permitirle ver ni a sus amigos, amante de la tele basura, de la comida macrobiótica y las religiones extrañas, como Cienciología, a la que seguía con auténtica devoción.
    Y por si quedaban dudas de que el autor de “El guardián…” ya no tenía todos los cables en su sitio, en el 2.000 su hija Peggy publicó “El guardián de los sueños”, más que una biografía un ajuste de cuentas con su padre, al que describe como un sexópata loco por las Lolitas adolescentes que peregrinan por su casa en los bosques de Cornish, el pueblo en el que permaneció recluido durante medio siglo. En ese libro aparece un Salinger extravagante al que le gusta beberse su propia orina, cree en la homeopatía y escribe, sobre todo escribe, todo el día, encerrado en un bunker de cemento con techo de vidrio para que no pueda distraerlo más que el devenir del sol a lo largo de sus interminables jornadas de sabio loco y maníaco al que ya no le interesa mantener ninguna conversación estúpida con los simples mortales.
    El libro de su hija fue sin dudas el peor golpe que podía recibir alguien como J.D. que tantas energías puso para conservar el silencio, por lo cual decide no volver a hablarle y se encierra aún más en el ostracismo, hasta que hace unos años un fotógrafo de esos que nunca falta, cazador de celebridades, loco por obtener esos diez minutos de fama que tanto obsesionan a los simples mortales, esa fama que a Salinger tuvo de sobra y despreció con su silencio, lo encontró en la puerta del supermercado del pueblo, llevando su carrito de las compras como un abuelo con el semblante un tanto perturbado, un jubilado solitario más y despertó su ira, aunque no pudo evitar la foto. La última foto que se conoce de J.D. En ella aparece con el puño en alto amenazando con romper el vidrio del coche en el que se traslada el paparazzo, mientras grita “¡No, no!” inútilmente. Porque al final, la vida es como la cuentan sus propios personajes, “nunca se puede encontrar un sitio que sea agradable y pacífico porque, sencillamente, no existe. Puedes creer que es posible, pero una vez que estás ahí, cuando te distraes, alguien se va a entrometer en el paisaje para escribir Fuck you justo debajo de tus narices”